7 cualidades que todo docente debe tener para formar agentes de cambio

Ser profesor, desde una antigua concepción implica transmitir el conocimiento acumulado de generación en generación. Desde la misma visión, el estudiante de forma pasiva solo recepciona el contenido transferido. Hoy el paradigma es otro, y el proceso de enseñanza-aprendizaje se transformó en un diálogo constante entre educador y educando, propiciando espacios e instancias para la comprensión del mundo, de los objetos, de la belleza, de la exactitud científica y del sentido común. Se dio paso desde el docente autoritario que entrega contenidos a partir de su superioridad a uno que deja de ser el foco porque se convierte en mediador y facilitador de la construcción del aprendizaje que los mismos estudiantes llevan a cabo como protagonistas, en conjunto con sus experiencias de vida, el contexto y sus pares. Un docente que desde la horizontalidad reconoce su capacidad de ser aprendiz dentro del aula, disfruta lo que hace porque posee una cuota necesaria de amor, y se exige a sí mismo ciertos parámetros básicos que potencian su práctica y mejoran su desempeño porque sabe que de su rigurosidad y preparación científica, emocional, física y efectiva depende el logro de su principal objetivo: formar agentes de cambio.

A continuación se plantean 7 cualidades básicas que todo docente debe adquirir para perfeccionar su quehacer, de acuerdo a la mirada de Paulo Freire

 

  1. Humildad:

    La humildad implica reconocer que todos sabemos algo, pero que también constantemente aprendemos cosas nuevas que ignorábamos. Aludiendo a quienes dentro del gremio docente se jactan de su eminencia, de su vasta trayectoria y con arrogancia –el desvalor opuesto a la humildad- menosprecian al colega novato por una supuesta inferior competencia, el mensaje es claro: el docente humilde, seguro de sí mismo pero sin demasiada certeza dialoga con sus pares y con cada miembro de la comunidad educativa, con quienes buscan su ayuda y se acercan a conversar. A pesar de la profunda crisis de valoración por esta profesión, aún quedan padres y apoderados que ven en los maestros una fuente de apoyo en la búsqueda de oportunidades para sus hijos. El maestro humilde no los subestima por su nivel intelectual, porque sabe que no es dueño de la verdad y que siempre puede aprender algo de los otros y siempre algo puede entregar.

  1. Amorosidad:

    Estar profundamente enamorado de lo que el quehacer docente incluye: amarguras, malos ratos e injusticias. Cuando el miedo frente a la lucha por la reinvindicación de la profesión, por posibles despidos, paralice a los docentes, es ese amor el que llega de vuelta a dar fuerzas: sonrisas de los estudiantes que saben que su maestro le entrega una lección maravillosa; la de la democracia.

 

  1. Tolerancia:

    El docente se enfrenta a la convivencia con lo diferente y debe respetarlo, porque así practica la tolerancia. El docente no puede esperar que los que componen la comunidad educativa de la que es parte, se alineen con sus ideas, hagan lo que hace, conciba la vida como él, porque el maestro tolerante respeta la diversidad y aprende de ella. El profesor sabe que al reconocerse a sí mismo con preferencias, gustos y costumbres, identifica al que no es afín a sus preceptos y puede ver al otro, incluso con admiración. ¿Por qué no se puede enriquecer del contrario? Quizás por suponer –erróneamente- que lo distinto es inferior, sin darse la oportunidad de adentrarse en el maravillo mundo de lo desconocido. Las diferencias de miradas entre el maestro cientificista y el dogmático los enfrentan en disputa. El primero niega la existencia de todo lo que está fuera de la ciencia y el segundo niega a la ciencia como método de conocimiento. Ambos caen en la intolerancia del que posee otro concepto sin considerar que el cientificista puede afirmar su fe sin negar a la ciencia y dogmático puede validar a la ciencia sin perder su fe.

 

  1. Decisión:

    Poseer la capacidad de dilucidar entre una o más opciones, conlleva la capacidad de análisis y reflexión en torno a las posibilidades, consecuencias o desventajas que cada opción entrega. La seguridad para elegir es producto de la combinación entre competencia científica e integridad ética. Para decidir con asertividad, se debe fundamentar la elección con argumentos del por qué se hace lo que se hace o para qué. Es decir, el tema debe ser abordado desde su conocimiento amplio y desde las implicancias. Una decisión puede abordarse democráticamente propiciando la integración de los estudiantes en el análisis de la situación para llegar en conjunto a tomar una decisión y en ciertos casos es el docente el que toma la decisión con plena autoridad (no autoritarismo).

 

  1. Perfeccionamiento continuo:

    Enseñar supone reconocer un conocimiento antes aprendido y a su vez estar permanentemente abierto a repensar lo pensado y a revisar sus posiciones. Y como no se puede enseñar lo que no se sabe, el docente tiene el deber de prepararse y capacitarse permanentemente para educar en un futuro o para enseñar mejor hoy. La lucha que llevan a cabo los profesores en las escuelas, incluye dentro de sus demandas el derecho de acceder a capacitación continua para mejorar la práctica, una pelea legítima y justa que debe ser comprendida como una estrategia que enriquece a docentes y beneficia directa y sustantivamente a los estudiantes. Pero mientras tanto, los docentes tienen que demostrar que por sí mismos buscan revelarse frente a la desigualdad de oportunidades y torcer la mano a quienes los prefieren como meros replicadores del sistema que perpetua la desigualdad. Ser autodidactas los mueve hacia el conocimiento disponible que por ejemplo, en bibliotecas públicas se amontona con polvo o hacia las posibilidades que otorga la colaboración de grupos que promueven la democratización de la cultura por internet a través de textos en formato digital que circulan ansiosos de ser descubiertos.

 

  1. Conocer a los estudiantes:

    El docente que busca transformar a sus estudiantes en agentes de cambio, debe conocer el contexto cultural de los niños y niñas que educa, debe tomar en cuenta la realidad en la que viven, porque así puede acceder a sus modos de pensar y percibir lo que saben y de qué forma lo saben. El profesor que educa en un contexto privilegiado, puede perfectamente dar lecciones de disciplina, de salud, de honradez, de combate en favor de cambios fundamentales que son necesarios, de combate en contra del autoritarismo y en favor de la democracia. La diferencia que se presenta con el profesor que enseña en ambientes sumidos en la pobreza y marginación, es el contexto mismo que condiciona el lenguaje que usan para decir las cosas y es aquí donde el maestro más se enriquece: educando a los niños más pobres porque sabe que puede terminar con las gigantescas diferencias que marcan a ambos grupos.

 

  1. Coherencia:

    El docente debe materializar una relación coherente entre lo que dice y lo que hace, porque de no existir esta relación armónica y equilibrada pierde la credibilidad. En ese momento, lo perdió todo y está perdido. Un ejemplo de incoherencia es, desde la teoría, luchar por las injusticias que emanan desde los equipos directivos de la escuela, y al mismo tiempo ejercer un autoritarismo desmedido dentro del aula. Los estudiantes se mantienen atentos frente al hacer y al decir del docente, y si el segundo afirma algo, el primero espera que actúe de acuerdo a esa idea. Otro ejemplo de contradicción es, desde la palabra, señalar llevar a cabo una práctica constructivista pero paradójicamente, realizar actividades centradas en el docente como autoridad de la clase, sin espacios para el debate o solicitar a los estudiantes que practiquen el respeto mutuo, pero a través de acciones concretas se menoscaba o ridiculiza a los estudiantes. Este tipo de –malas- prácticas, contribuyen en deteriorar la relación entre estudiante-profesor.

 

Bibliografía: Freire, P. (1993) Cartas a quien pretende enseñar

 

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